El fascismo salvador: los antihéroes pop

Para comenzar, me gustaría aclarar que esta publicación no es una defensa o un tipo de propaganda extremista que apoye el uso de la violencia y del autoritarismo, sino una reflexión sobre los personajes y las obras de ficción vinculadas al fascismo que nos fascinan a pesar (o tal vez precisamente por ello) de su carga violenta, intolerante y en general políticamente incorrecta. Al haber aclarado este punto, vamos sin más dilación al lío, o como diría David Broncano ¡Aquí tenéis fascismo del bueno!

El Juez Dredd, antihéroe sin toga

Película de cine del Juez Dredd
Fotograma de Juez Dredd, la versión estrenada en 1995 con Stallone.

Una de las razones que me ha llevado a tratar este tema ha sido la creciente corriente millenial que busca establecer una sociedad equitativa para todo tipo de creencias, sexos y razas (al menos en teoría) creyendo en un mundo utópico pero obviando demasiados elementos válidos de nuestra realidad que nos han formado como sociedad, tales como la historia, el derecho, la cultura o el humor. El segundo motivo ha sido el fallecimiento a principios de octubre del dibujante y artista español Carlos Ezquerra, creador del icónico Juez Dredd. Este hombre vivió el franquismo en sus carnes y sobrevivió tratando los temas que se podía permitir en una época de censura y de secuestros de publicaciones impulsadas por el propio Estado, mientras que ahora somos los propios ciudadanos libres quienes abortamos la creatividad y la expresión con ridículos tweets sensibleros, da bastante que pensar, aunque ese es otro tema…

Así, partiendo de los tebeos de cowboys acríticos, aventureros, bien vistos por adultos y por pequeños y  ciertamente populares en los 60 gracias al género del spaguetti western, el autor zaragozano se hizo un nombre en la industria y consiguió pasar al cómic británico revolucionando el sector con uno de los títulos más atrevidos en la historia de las viñetas, el ya mencionado Juez Dredd o Judge Dredd. Para los que no conozcáis al personaje a estas alturas os estaréis preguntando ¿Qué aportó ese tío con casco, uniforme y gesto malhumorado que no existiera antes? Pues justo lo que más se necesita en estos días en las series, en las películas y en la música, es decir, incorrección, brutalidad y mucha sátira no demasiado difícil de pillar para el ciudadano de intelecto medio.

El autor del Juez Dredd, Carlos Ezquerra
Carlos Ezquerra y su creación comiquera, El Juez Dredd.

Todos estos aparentes antivalores estaban siempre justificados, pues las narraciones del juez se desenvolvían en futuros distópicos donde la delincuencia campaba a sus anchas, donde la corrupción había dejado de ser un escándalo y donde el último reducto de civilización se sostenía en una fuerza militarizada habilitada para ejercer de juez, jurado y verdugo, terriblemente antidemocrático pero irresistible a la hora de leer. Por si esto fuera poco, Ezquerra diseñó al personaje con símbolos asociados al franquismo como el águila de San Juan, aunque pocos ingleses pudieron ver la controvertida referencia en el traje del antihéroe.

Sin embargo, no todo el jugo estaba en esa soberbia ambientación sci-fi que era el gigantesco núcleo urbano de Mega City One. Lo que dejaba un regusto satisfactorio en el lector, una vez acabado el número de turno, era ese mensaje gamberro y certero que ocultaba una bomba crítica aplicable a muchos niveles. En definitiva, el mundo del Juez Dredd era un reflejo oscuro donde podíamos vernos en nuestros momentos más viciosos y amorales como especie y, por lo tanto, funcionaba perfectamente como una llamada de atención.

La ciudad del cómic Mega City One
La ciudad distópica del Juez Dredd, Mega City One.

Es lógico pues admitir que en una supuesta época de crisis y de decadencia absoluta, la solución pueda encontrarse en un autoritarismo que combata directamente las injusticias, el caos, la hipocresía y la violencia con mano de hierro, sin concesiones ni pactos. El público inglés de los años 70 gobernado por Thatcher lo entendió a la primera y no se dedicó a hacer campaña para prohibir el cómic porque sabían leer entre líneas.

Robocop, servir y proteger… a base de balas

Cartel de la película Robocop.
Cartel de la película Robocop.

Otros ejemplos similares los podemos encontrar en el cine de los 80 y los 90, sobre todo en un director concreto que destacó por su falta de pudor y su humor negro. Paul Verhoeven fue el padre de criaturas tan exitosas e incombustibles como Robocop o Starship Troopers (el film no el libro). Estas películas han marcado tanto a varias generaciones que han conseguido expandirse creando sus propios universos pop en forma de secuelas, dibujos, videojuegos, merchandising y cómics. Ambas obras tenían en común protagonistas fuertes y patriotas que estaban dispuestos a sacrificarse por un bien mayor, arriesgándose a ser abatidos en la primera línea de fuego.

Quizás el caso del policía cyborg sea más llamativo por sus características cyberpunk y por ese intento de deshumanizar a un agente de las fuerzas del orden usando la tecnología. Que la ciudad elegida para el relato audiovisual sea Detroit no es casual, basta con echar un vistazo a sus barrios empobrecidos y a sus fábricas abandonadas, símbolos del progreso fallido. La crítica a la codicia y a las corporaciones se agudizaba en Robocop, los intereses de unos pocos empresarios se superponían al derecho a una vida digna de una mayoría de ciudadanos.

La especulación urbanística, la ciencia sin ética, las adicciones o la banalidad de los programas basura eran solo algunos de los puntos en los que Verhoeven dejaba caer su hacha cercenando muchas posturas y acciones habituales en demasiados países “desarrollados”. Las delincuencias capitalistas y vandálicas se juntaban y al igual que con Dredd eran aplastadas sin miramientos por una máquina justiciera que seguía unas simples directivas en un principio, pero que poco a poco era capaz de sortearlas aplicando un criterio más humano y empático.

Subnormales salidos en el ejército

Los soldados de Starship Troopers.
Los soldados de Starship Troopers.

Por otro lado, en la adaptación de Starship Troopers o Brigadas del Espacio éramos testigos de cómo un grupo de jóvenes estudiantes ingresaban en el ejército en busca de emociones fuertes sin tener demasiada idea de las consecuencias. Los traumas y el salvajismo de la guerra servían como proceso de maduración, hacían ver a los protagonistas la falta de glamour de la vida del soldado y los unía más como compañeros, aunque sin demasiada lección o moraleja. La clave de esta película está en su exceso, esto permite que el espectador la vea como una parodia belicista o como una cinta antibélica. Los militares no difieren demasiado de una panda de borregos descerebrados alucinados con su misión de matar marcianitos.

En la obra literaria original, sin embargo, Robert E. Heinlein profundizaba sobre la responsabilidad social y un nacionalismo enfocado hacia el alturismo y la solidaridad por una parte y hacia el privilegio político por otro. En esta ficción los derechos propios de la ciudadanía solo podían obtenerse por medio de una carrera militar, a través del compromiso, el sudor, la sangre y las lágrimas. El resto de los habitantes que se negaban a adoptar esta vía podían seguir tranquilos con sus vidas y con sus oficios, pero sin voz ni voto.

Portada del libro de Starship Troopers.
Portada del libro de Starship Troopers.

La intención obvia de la obra, más en el libro que en la película, era lanzar un dardo a los grupos exageradamente conformistas y autocomplacientes que limitaban su existencia a pedir con descaro sin ofrecer nada a cambio a su país. Así, la actitud pasiva de la población era castigada por una amenaza espacial terrible que debía ser afrontada con lo más duro de la sociedad, unas brigadas dispuestas a recibir órdenes suicidas y a masacrar especies enteras sin el menor sentimiento ecologista o animalista.

La venganza del psicópata de Marvel con TEPT

Ilustración de The Punisher.
Ilustración de The Punisher.

Otra gran aportación al campo de los antihéroes que ha trascendido en la cultura pop es la que hizo Marvel con Punisher, personaje de cómic recientemente reivindicado en una trepidante serie de Netflix con la actuación de Jon Bernthal. Tanto en el medio escrito como en el televisivo (o en la pantalla grande con sus películas) El Castigador respondía siempre a un hombre trastornado, herido mentalmente por las atrocidades militares y por la pérdida de su familia. Incapaz de olvidar y perdonar, ajeno a la vida civilizada o a la redención, este es posiblemente uno de los antihéroes por excelencia. Obsesionado con establecer una cruzada contra la mafia, Frank Castle recurre a una justicia personal bastante más explícita y sucia que la de los tribunales pero más efectiva y rápida tirando siempre de un amplio arsenal.

Con claras referencias a Rambo, los títulos de Punisher reflexionan sobre el estrés postraumático, la marginación y la humillación por la que tuvieron que pasar muchos héroes de Vietnam en su vuelta a casa por una comunidad hippie pacifista pero, sobre todo, analizan la dificultad de contener una rabia infinita casi imposible de sanar. A diferencia de los personajes anteriormente citados, Punisher abraza abiertamente el mal, sus límites no están trazados por un sistema autoritarista-judicial o por una cadena de mando, o por unos códigos de conducta implantados en el cerebro. Punisher mata indiscriminadamente siempre que su labor le permita deshacerse de la escoria de las calles, anulando cualquier posibilidad de arresto o de conversión por parte del criminal.

El Clint Eastwood antiprogresista

Escena de Harry el Sucio.
Harry el Sucio con su icónico revólver.

He querido dejar el mejor plato para el final, ya que posiblemente se trata del modelo original de antihéroe que sirvió para construir el molde de sus hermanos o hijos fascistas. El actor norteamericano Clint Eastwood conquistó la fama de joven en su papel de vaquero justiciero o cazarecompensas, pero fue su encarnación como el detective Harry Callahan la que generó una auténtica polémica en la San Francisco de los años 70. Equipado con su inseparable Magnum 44, el policía más sádico nacido como contrapunto al Verano del Amor era el encargado de ocuparse de la chusma más degenerada de la época, siempre bajo las dificultades burocráticas impuestas por sus superiores, un clásico dentro de los tópicos del género policíaco.

Creo que el acierto de esta propuesta fue mostrar el lado peligroso de la contracultura y el estilo de vida lisérgico, que si bien la mayoría de las veces se ha asociado con la creatividad de las bandas de rock o con el movimiento beatnik, en esta ocasión se traducía en las andanzas sanguinolientas de un asesino en serie melenudo muy parecido a los drugos de La Naranja Mecánica. Ante esta amenaza, Callahan intenta parar en seco los planes de esta versión cinematográfica del asesino del Zodiaco siguiendo el irritante juego de su archienemigo y el manual del buen policía forzado por las políticas buenistas y progresistas del alcalde.

Los compañeros de este lobo solitario solían servir para susurrar algo de conciencia al rígido carácter del borde de Harry y eran un ejemplo personificado de ese progresismo al que el personaje se resistía tan ferozmente, aunque con alguna que otra concesión. De este modo en la primera entrega, Harry el sucio (1971), el novato ayudante era un latino, Chico González, graduado en sociología. Nótese tambien como en la tercera entrega, denominada Harry el ejecutor (1976), debido al auge del feminismo colocaban a una compañera, la oficial More, haciendo un guiño a los puestos públicos designados por leyes de cuotas de género. Sin embargo ningún secundario conseguía nunca cambiar la actitud y los métodos despiadados del veterano antihéroe, curtido en los bajos fondos y en las patrullas nocturnas.

No cabe duda de que muchos no comulgaréis con las ideologías o las acciones de estos personajes, pero tampoco hay nadie que os obligue a hacerlo, se trata de ficción creada para el entretenimiento y la evasión con alguna que otra pulla dirigida al sistema y a ciertos sectores. El sentirse culpable por adorar estas películas o estos cómics carece de sentido, es posible valorar el arte y la técnica sin politizar erróneamente la obra, y menciono esto último por la insultante cantidad de tergiversaciones que se aprecian diariamente en las redes sociales o en los discursos de ciertos líderes de opinión.

Únicamente el autor sabe a ciencia cierta la interpretación completa de sus creaciones, no obstante, esto no quita que se pueda debatir acerca de ello con lógica y respeto. Además, por mucho que algunos intenten negarlo el ser humano adora el morbo, se siente atraído hacia lo prohibido y lo incorrecto, de ahí el triunfo de esta conjunto de antihéroes y su gran acogimiento por parte del público de distintos países, cada uno con sus diferentes costumbres y valores.

Si os ha gustado el texto y habéis aprendido algo no dudéis en suscribiros, comentarlo, darle a me gusta o en compartirlo con los amigos en las redes sociales. Para los aficionados a las críticas, al cine o la literatura os recomiendo visitar mis otras secciones del blog. Un saludo y muchas gracias por vuestro tiempo.

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4 comentarios en “El fascismo salvador: los antihéroes pop”

  1. Es un tema complejo de tratar en unas pocas líneas, pero hay una tendencia a ir hacia allá, incluso las pelícuales actuales de “heroes” los cuestionan colocando a cada uno de ellos en una delgada línea donde es difícil separar el bien del mal. Interesante entrada. Saludos !!!

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    1. Efectivamente no es un tema fácil de tratar y menos estando las cosas como están, pero creo que hay que admitir que son creaciones que nos han llegado bien hondo precisamente por su carisma y por las ganas de justicia o de castigo que se nos queda muchas veces en el cuerpo ante tanto sinvergüenza. Gracias por dar tu opinión!

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