Cuento: El sentido de la navidad

fiestas de navidad

A menudo en estas fechas cuando nos ponemos nostálgicos y nos invade el espíritu de las navidades pasadas surge una pregunta básica, aparentemente sencilla, pero difícil de responder con una firme convicción. En esta ocasión pretendo solucionar el enigma, voy a dar con el auténtico sentido de la Navidad, la veré objetivamente, sin adornos ni sobornos en forma de regalo y así comprenderé su esencia y juzgaré si efectivamente es una fiesta sobrevalorada o si, por el contrario, saca lo mejor que hay dentro de nosotros.

Para ello he diseñado una fórmula que consumiré en forma de brebaje y que me permitirá percibir la esencia de las cosas a través de mis sentidos potenciados, sin trampas, solo apreciaré la realidad oculta que subyace tras las máscaras que nos ponemos todos los días. Para seguir un método empírico, iré anotando mis observaciones en mi cuaderno de bolsillo cada vez que descubra algo relevante ¡Vamos allá!

En mi primera incursión he decidido empaparme con la decoración de la ciudad eligiendo las calles más floridas e iluminadas. Las estrellas, los ángeles y los renos brillantes me han transmitido un fulgor azul eléctrico artificial y amenazante, muy lejano al supuesto candor que debería devolvernos al nacimiento de Belén o al abrazo de San Nicolás. Por otra parte, pocos viandantes parecían reparar en ellos y estaban más centrados en las pantallas de sus teléfonos o en sus abultadas bolsas.

Siguiendo la ruta tradicional de la masa, entré en el centro comercial más próximo sin ningún ánimo de compra y con la única intención de investigar el comportamiento humano. Allí encontré un caos y una confusión mareantes que a punto estuvieron de abatirme, después de un par de bocanadas de aire climatizado me recompuse lentamente y oteé a mi alrededor. Había varios grupos perfectamente diferenciables, a mi izquierda en las secciones de videojuegos, juguetes, ropa y merchandising se hallaban concentradas legiones de niños pequeños dando voces y revolviéndolo todo a su paso. A mi derecha, una horda de fanáticos de la tecnología asediaba con preguntas a los dependientes intentando consumir los productos más novedosos para luego alardear de ello en sus casas domóticas.

Entre tanto jaleo, una conversación llamó poderosamente mi atención. Los interlocutores eran un niño caprichoso de tan solo siete años y una madre despreocupada, sonriente y algo corta de miras. El pequeño dictador exigía a pleno pulmón el triple de regalos que su hermano pequeño sin ninguna vergüenza o humildad, mientras la madre trataba de regatear con escasos resultados. Centré mis sentidos en el berrinche del chaval y pude captar un tono verduzco nauseabundo, similar a un vómito o a los restos de un animal muerto en estado de putrefacción, así era el egoísmo.

Después de recibir estas impresiones tan desagradables me horroricé y quise volver directamente a casa. En el camino de vuelta un lamento llegó a mis oídos cual canto de sirena. Reflejaba sufrimiento, pero era hipnótico, así que no pude resistirme y me desvié para dar con su origen. Al llegar a la esquina de la calle me topé con el edificio del que emanaban esos angustiosos sonidos. Era un asilo de ancianos destartalado y gris, olvidado por el tiempo. Una serie de escalofríos recorrieron mi cuerpo cuando crucé el umbral de la puerta, a pesar de que estábamos viviendo uno de los inviernos más crudos de los últimos años, la temperatura que había en aquel centro parecía menor, era gélida como la muerte.

A los pocos pasos detecté movimiento en una de las habitaciones. La puerta del cuarto estaba entreabierta y al acercarme pude vislumbrar una anciana encogida que aferraba con fuerza un rosario en las manos. La llamé, hice unas cuantas bromas y hasta le ofrecí dinero para que se comprase algún capricho, pero no pareció entenderme, tenía la mirada perdida en el infinito. La situación me incomodaba, pero aun así quería ponerle remedio, tal vez así dejasen de sonar esos aullidos fantasmales. Haciendo acopio de mis habilidades como investigador, busqué pistas en los muebles y en los cajones. Finalmente, di con un marco que guardaba una fotografía. En la imagen aparecía una familia sonriente en plena excursión veraniega. La anciana con alzhéimer que tenía a mi lado también aparecía, algo rejuvenecida, sosteniendo a sus nietos en ambos brazos. Miré el reverso para comprobar algún nombre o alguna fecha legible.

La foto no tenía más de cinco años, pero la vejez y las heridas psicológicas habían hecho estragos en aquella mujer. Su nombre era Marianela Lombar y la ficha de visitas que colgaba de la cama indicaba que nadie había ido a visitarla en más de dos años. Sin embargo, allí estaba, seguía existiendo y esperando, aunque todos la diesen por perdida, aferrándose a un reducto de esperanza, como haría cualquier ser humano. De repente noté cómo los efectos de mi poción se desvanecían, pero el dolor compartido con aquella extraña persistía. Sin dudar un instante cubrí a la señora con mi abrigo, recogí algunas de sus pertenencias y me la llevé de allí. Tal vez no pudiera arreglar la mayoría de las depravaciones navideñas que se habían extendido como un cáncer en la mente y en las tiendas de los ciudadanos privilegiados, pero al menos podía intentar dar algo de empatía y de conversación a esa alma desdichada.

 

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